Qué pasaba el 23 de mayo de 1810
El miércoles
23, contados los votos del Cabildo abierto del día anterior, parecía que los
patriotas se saldrían nomás con la suya, pero no se imaginaban que por esas
horas se tramaba una salida amañada.
La demora en
dar a conocer la renuncia de Cisneros y la composición de la junta que habría
de suplantarlo, inquietó a muchos vecinos que acudieron a la plaza de la
Victoria en busca de novedades.
La situación
pasó de castaño a oscuro cuando corrió la voz de que la junta de gobierno
estaría encabezada por el mismísimo virrey depuesto, e integrada por cuatro
vecinos notables, cuyos nombres no se daban a conocer porque aún no contaban
con la aprobación de Cisneros. Se decía, además, que dos vocales serían
españoles de confianza y los otros dos, del bando opositor que había ganado la
votación.
Aunque la
integración de la junta no tomaría estado público sino hasta el día siguiente,
habían comenzado los contactos informales para allanar el camino, sobre todo
para lograr el consentimiento de los comandantes, especialmente de Cornelio
Saavedra, pieza decisiva para inclinar la balanza hacia un lado u otro.
Esa tarde,
pasada la hora de la siesta y repuestos del trasnoche del martes, los
habituales miembros del conciliábulo opositor al virrey se reunieron en casa de
Rodríguez Peña. Allí intercambiaron información fidedigna mezclada con los
rumores que, por esas horas, corrían de boca en boca. La mayoría de los
presentes confiaba más en Castelli –cuyo nombre circulaba con insistencia como integrante
del nuevo gobierno- que en Saavedra, a quien veían más proclive en seguirle el
juego a los del Cabildo. La única certeza era que el bando oficial se
publicaría en las primeras horas del jueves, y que hasta tanto sólo cabía
esperar.
French y
Beruti, jefes de La Legión Infernal, intercambiaron miradas y partieron a
alistar la gente de los cuarteles (barrios) para que estuvieran alerta y
preparados para salir a arrancar los bandos de las esquinas si los nombres no
gustaban.
Por cierto,
todo esto pasaba en Buenos Aires. El resto del extenso virreinato, sumido en la
apacible vida colonial, permanecía en ascuas de lo que ocurría en la metrópoli.
Las horas
que siguieron fueron de gran tensión.
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